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Un ecosistema en equilibrio es aquel en el que las interacciones entre los seres vivos y su entorno físico (como el clima, el suelo, el agua, etc.) están en una situación estable y sostenible. En un estado de equilibrio, los componentes biológicos y abióticos de un ecosistema se autorregulan, lo que permite su funcionamiento adecuado a lo largo del tiempo. Esto no significa que el ecosistema esté estático, sino que se mantiene una estabilidad dinámica, con los cambios naturales que ocurren sin perturbar su estructura y funcionamiento fundamentales.
El mantenimiento del equilibrio de un ecosistema depende de tres factores:
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Un ecosistema está en desequilibrio cuando las interacciones entre los factores bióticos (seres vivos) y abióticos (elementos no vivos como el agua, el suelo, el clima) se alteran de manera significativa, lo que afecta su funcionamiento y estabilidad. Este desequilibrio puede ocurrir por factores naturales o por factores antrópicos (humanos).
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